Hace muchísimo tiempo había un rey muy sabio, que junto a su
mujer, la reina, gobernaban un vasto reino, tan grande que ni los más nobles
caballeros tuvieron el valor de explorar sus límites. Pero contaba la leyenda
que en el extremo este del reino había magos, magos que podían predecir el
futuro con total certeza. Brujas, que podían conceder la inmortalidad a
cualquiera que lo desease con suficientes ganas, dispuestos a hacer cualquier
sacrificio por el irreal deseo de vivir hasta que la última estrella se
apagase. Pero también contaba la leyenda que en el extremo oeste habitaban los
dioses, que eran los padres de los magos. Estos dioses desterraron a sus hijos
hace eones, ya que querían acabar con los padres y proclamarse los nuevos amos
del mundo. Entonces, todos los dioses enfadados les maldijeron a existir lo más
lejos posible de ellos, en el otro extremo del mundo. Sin embargo, los dioses
también amaban a sus hijos, al igual que un padre ama a sus primogénitos, así
que no le dejaron a merced de los hombres, sino que les hicieron poderosos.
Pero este poder no era otro que la magia, el más complejo de todos los dones
que podían otorgar.
Un buen día, los magos prepararon un plan para atacar a los
dioses, por infinita vez desde que la Luna se alza en el cielo. Y como es de
esperar, los Dioses resistieron y atacaron a sus hijos, pero nunca dejando que
el amor que les tenían de desvaneciera. El problema era que los hombres estaban
en medio, justo en el campo de batalla entre los dioses y sus hijos, y estos sufrían
todas las desdichas de estas guerras. Por infinita vez, los magos atravesaron
el reino a lomos de sus dragones, criaturas eternas y con más poder que algunos
dioses, capaces de destruir mundos enteros con simples alientos. Esta vez, el
noveno dragón, el cual pertenecía a Morgana, la bruja más egoísta de todas,
quemó la capital del reino, e Ixivón I, el rey, decidió actuar de una vez por
todas, y acabar esa absurda guerra sin principio ni fin. Por otra parte, la
reina Eleanor, deseaba con todo su corazón que el príncipe, su hijo, no muriera
en esta guerra. El príncipe Dargelón VI tenía tan solo 10 años, pero su
curiosidad y astucia, cualidades heredadas de su madre, expresaban que sería el
rey que el reino necesitaba para proliferar y alcanzar una era de paz y
beneficios nunca vista. Ixivón sabía esto muy bien, y esto le empujó todavía
más a acabar con esas eternas guerras.
Nadie sabía cómo llegar a la morada de los Dioses, pero todo
el mundo conocía la esfinge de Téteanor, una estatua que rozaba la Luna, y que
se erguía en pie en el extremo sur del reino. Nadie sabía de qué estaba
construida, ya que su superficie resplandecía del color de los ojos de quien la
miraba. Nadie sabía cuándo fue construida, lo más probable es que la hubieran
hecho los propios Dioses. Muchos decían que esta estatua construyó el mundo. A
sus pies de encontraba el Palacio de Téteanor, una cabaña no más grande que un
establo, pero encantada con la más antigua magia que había existido o existirá.
Esto hacía que por dentro tuviera todo el espacio del universo, haciendo así un
palacio infinito, decorado con trozos de conchas de oro, y de huesos de dragón.
Muchos dicen que en esos huesos reside su magia. En la entrada del palacio una
calavera de dragón de más de un millón de pies de alto custodia el mágico
palacio, escupiendo fuego a los no dignos, y dejando pasar a los justos.
Lo más curioso de este palacio era que, cada Luna llena, su
puerta no daba paso a la infinidad del palacio interior, sino que daba al
extremo oeste del reino, donde los dioses habitaban. Este era el lugar perfecto
para que Ixivón discutiera con los dioses sobre el futuro de la humanidad,
sobre el fin del dolor de los hombres, sobre el fin de los llantos de las
madres, sobre el fin de la sangre de jóvenes que luchaban contra magos en
batallas que duraban apenas unos segundos, en los que los magos, con sus
espadas mágicas destruían ejércitos en un abrir y cerrar de ojos.
De hecho hay que mencionar que hace más o menos tres mil
años, al más poderoso mago se le cayó su espada en el medio del jardín real.
Esta era una espada eterna, forjada en las primeras llamas de nuestro sol, col
el mismo material del que se construyó la esfinge. Cada espada tenía un poder,
pero este sólo lo controlaba el mago que la blandía. Para los hombres, se
trataba de una espada normal pero que, con un poco de práctica, brillaba más
que el sol al luchar. Esto sólo ocurrió una vez col primer rey que la utilizó,
Waltino II, y lo que llevó a su muerte, ya que al dar la décima estocada, la
espada soltó un suspiro casi humano y después emitió una luz tan blanca y tan
pura que hizo arder en llamas todo lo que se encontraba a menos de veinte
leguas, incluida la capital del reino por completa, todo menos a la reina y el
príncipe, ya que andaban de viaje, pudiendo así continuar con la monarquía.
Una vez que se sabe todo esto, no hacen falta más
descripciones del reino.
Dicho esto, Ixivón emprendió su viaje con la espada mágica
hacia la esfinge de Téteanor, tardando mil días y mil noches a galope de su caballo.
Al llegar a la esfinge, que se veía desde cualquier parte del reino, siendo
fácil de localizar, esperó un día más a que la luz de la Luna llena bañara por
completo la noche, y entonces se aventuró a entrar, pasando la calavera de
dragón fácilmente, ya que su causa era justa. Al abrir la puerta de la caseta,
alzó la vista y allí estaba, el infinito palacio, con su infinita belleza,
albergando a los dioses que allí posaban y descansaban y charlaban, cada uno
hablando de sus pensamientos sobre los hombres.
Justo al entrar, todos y cada uno de los dioses le miraron
con cara de asombro, y Braum, el dios de la muerte y el silencio se acercó y le
dijo que se marchase de allí, que no era un sitio para mortales. Pero para
sorpresa de todos, Diana, la diosa de la vida y la esperanza, le dijo que le
concedía unos momentos para exponer su causa, ya que ella era justa. Fue
entonces cuando Ixivón les explicó lo que ocurría, y les mostró su desilusión
con las guerras eternas. Pero en ese instante, Braum le interrumpió, porque los
magos, sus hijos, se estaban acercando buscando lucha y dolor. Justo en ese
momento, Yutum, el dios de la magia hizo algo jamás visto. Yutum también
deseaba profundamente que la guerra acabara, y dado que estos billones de años
siempre había un empate entre dioses y magos, Yutum decidió hacer a Ixivón otro
Dios, que les ayudase a acabar con la guerra, como el mismo rey quería y
deseaba con todo su corazón. El momento que Yutum le proclamó dios, nadie sabía
que Ixivón llevaba consigo la espada mágica, lo que le hizo un dios de dioses,
el dios y el mago a la vez, un hombre hecho eterno, un rey de reyes, una
criatura que compartía la cabeza de un hombre, el poder de un dios y el arma de
un mago.
Ixivón era más poderoso que todos los dioses y los magos
juntos, pero su corazón era puro, asique derrotó a los magos y se los devolvió
encadenados a sus padres, los dioses, los cuales rompieron el hechizo que les
impedía vivir en el extremo este. A partir de ese momento, los magos serían
siervos del palacio, con un único fin, decorarlo con su magia infinitamente,
hasta que no tuvieran más magia que pudiera hacerlos poderosos. Fue de este
modo como el palacio de Téteanor llegó a tener en sus paredes las obras de arte
más bellas del universo, la música más bonita de todo el mundo, y el poder de
todas las estrellas compactado en cada una de las conchas de oro.
Ixivón estaba feliz ahora, las guerras habían acabado y él
era todopoderoso, aunque aún mortal, ya que su alma aún amaba a Morgana y a
Dargelón. Pero al llegar a su palacio en la capital del reino, Ixivón se
estremeció de sorpresa al verlo todo en llamas, y al ver los cadáveres
despellejados de su mujer y su hijo colgando de las puertas de la ciudad. El
rey, loco de ira y dolor, volvió a la esfinge, y con su espada mágica le cortó
un brazo, un brazo de ese material que pesaba más que la Luna misma.
Ixivón entonces esperó en la puerta hasta el día de luna
llena, el día en el que todos los dioses y todos los magos, los causantes de la
muerte de Morgana y Dargelón, estarían en un mismo lugar todos juntos. Esa
noche todas las estrellas brillaban más que nunca, ya que ninguna quería
perderse aquel evento único en la historia del universo.
En el momento en el que la Luna se alzó en el cielo, Ixivón
abrió las puertas del palacio, y según cuenta la leyenda, dio alrededor de un
millón de estocadas al brazo ahora amputado de la esfinge. Cada estocada hacía
que el brazo cambiase de color, dando a conocer más de un millón de colores, la
mayoría sólo vistos por inmortales, pero jamás repitiendo uno solo.
Al final de la última estocada, Ixivón tiró la espada y el
brazo al interior del palacio, menos uno de los inmensos dedos de la estatua.
Este medía más que la más alta montaña jamás escalada, y lo utilizó para
bloquear las puertas del palacio de Téteanor. Un segundo después, el palacio
estalló en una explosión infinita, con todos los dioses y los magos dentro, una
explosión que todavía no ha acabado. De vez en cuando uno de esos rayos de luz
de la explosión se refracta por la esfinge de Téteanor, y según el color del
ojo de la persona que lo ve, se produce una ilusión u otra. Mil generaciones
después los hombres llaman a esta ilusión Aurora Boreal, y nos recuerda que una
vez un hombre humilde venció a los injustos dioses que tanto atormentaron a los
hombres, tantos llantos arrancaron a las mujeres, y tanta sangre derramaron a
los jóvenes.

No hay comentarios:
Publicar un comentario