domingo, 27 de julio de 2014

El hombre que venció a los dioses.

Hace muchísimo tiempo había un rey muy sabio, que junto a su mujer, la reina, gobernaban un vasto reino, tan grande que ni los más nobles caballeros tuvieron el valor de explorar sus límites. Pero contaba la leyenda que en el extremo este del reino había magos, magos que podían predecir el futuro con total certeza. Brujas, que podían conceder la inmortalidad a cualquiera que lo desease con suficientes ganas, dispuestos a hacer cualquier sacrificio por el irreal deseo de vivir hasta que la última estrella se apagase. Pero también contaba la leyenda que en el extremo oeste habitaban los dioses, que eran los padres de los magos. Estos dioses desterraron a sus hijos hace eones, ya que querían acabar con los padres y proclamarse los nuevos amos del mundo. Entonces, todos los dioses enfadados les maldijeron a existir lo más lejos posible de ellos, en el otro extremo del mundo. Sin embargo, los dioses también amaban a sus hijos, al igual que un padre ama a sus primogénitos, así que no le dejaron a merced de los hombres, sino que les hicieron poderosos. Pero este poder no era otro que la magia, el más complejo de todos los dones que podían otorgar.
Un buen día, los magos prepararon un plan para atacar a los dioses, por infinita vez desde que la Luna se alza en el cielo. Y como es de esperar, los Dioses resistieron y atacaron a sus hijos, pero nunca dejando que el amor que les tenían de desvaneciera. El problema era que los hombres estaban en medio, justo en el campo de batalla entre los dioses y sus hijos, y estos sufrían todas las desdichas de estas guerras. Por infinita vez, los magos atravesaron el reino a lomos de sus dragones, criaturas eternas y con más poder que algunos dioses, capaces de destruir mundos enteros con simples alientos. Esta vez, el noveno dragón, el cual pertenecía a Morgana, la bruja más egoísta de todas, quemó la capital del reino, e Ixivón I, el rey, decidió actuar de una vez por todas, y acabar esa absurda guerra sin principio ni fin. Por otra parte, la reina Eleanor, deseaba con todo su corazón que el príncipe, su hijo, no muriera en esta guerra. El príncipe Dargelón VI tenía tan solo 10 años, pero su curiosidad y astucia, cualidades heredadas de su madre, expresaban que sería el rey que el reino necesitaba para proliferar y alcanzar una era de paz y beneficios nunca vista. Ixivón sabía esto muy bien, y esto le empujó todavía más a acabar con esas eternas guerras.
Nadie sabía cómo llegar a la morada de los Dioses, pero todo el mundo conocía la esfinge de Téteanor, una estatua que rozaba la Luna, y que se erguía en pie en el extremo sur del reino. Nadie sabía de qué estaba construida, ya que su superficie resplandecía del color de los ojos de quien la miraba. Nadie sabía cuándo fue construida, lo más probable es que la hubieran hecho los propios Dioses. Muchos decían que esta estatua construyó el mundo. A sus pies de encontraba el Palacio de Téteanor, una cabaña no más grande que un establo, pero encantada con la más antigua magia que había existido o existirá. Esto hacía que por dentro tuviera todo el espacio del universo, haciendo así un palacio infinito, decorado con trozos de conchas de oro, y de huesos de dragón. Muchos dicen que en esos huesos reside su magia. En la entrada del palacio una calavera de dragón de más de un millón de pies de alto custodia el mágico palacio, escupiendo fuego a los no dignos, y dejando pasar a los justos.
Lo más curioso de este palacio era que, cada Luna llena, su puerta no daba paso a la infinidad del palacio interior, sino que daba al extremo oeste del reino, donde los dioses habitaban. Este era el lugar perfecto para que Ixivón discutiera con los dioses sobre el futuro de la humanidad, sobre el fin del dolor de los hombres, sobre el fin de los llantos de las madres, sobre el fin de la sangre de jóvenes que luchaban contra magos en batallas que duraban apenas unos segundos, en los que los magos, con sus espadas mágicas destruían ejércitos en un abrir y cerrar de ojos.
De hecho hay que mencionar que hace más o menos tres mil años, al más poderoso mago se le cayó su espada en el medio del jardín real. Esta era una espada eterna, forjada en las primeras llamas de nuestro sol, col el mismo material del que se construyó la esfinge. Cada espada tenía un poder, pero este sólo lo controlaba el mago que la blandía. Para los hombres, se trataba de una espada normal pero que, con un poco de práctica, brillaba más que el sol al luchar. Esto sólo ocurrió una vez col primer rey que la utilizó, Waltino II, y lo que llevó a su muerte, ya que al dar la décima estocada, la espada soltó un suspiro casi humano y después emitió una luz tan blanca y tan pura que hizo arder en llamas todo lo que se encontraba a menos de veinte leguas, incluida la capital del reino por completa, todo menos a la reina y el príncipe, ya que andaban de viaje, pudiendo así continuar con la monarquía.
Una vez que se sabe todo esto, no hacen falta más descripciones del reino.
Dicho esto, Ixivón emprendió su viaje con la espada mágica hacia la esfinge de Téteanor, tardando mil días y mil noches a galope de su caballo. Al llegar a la esfinge, que se veía desde cualquier parte del reino, siendo fácil de localizar, esperó un día más a que la luz de la Luna llena bañara por completo la noche, y entonces se aventuró a entrar, pasando la calavera de dragón fácilmente, ya que su causa era justa. Al abrir la puerta de la caseta, alzó la vista y allí estaba, el infinito palacio, con su infinita belleza, albergando a los dioses que allí posaban y descansaban y charlaban, cada uno hablando de sus pensamientos sobre los hombres.
Justo al entrar, todos y cada uno de los dioses le miraron con cara de asombro, y Braum, el dios de la muerte y el silencio se acercó y le dijo que se marchase de allí, que no era un sitio para mortales. Pero para sorpresa de todos, Diana, la diosa de la vida y la esperanza, le dijo que le concedía unos momentos para exponer su causa, ya que ella era justa. Fue entonces cuando Ixivón les explicó lo que ocurría, y les mostró su desilusión con las guerras eternas. Pero en ese instante, Braum le interrumpió, porque los magos, sus hijos, se estaban acercando buscando lucha y dolor. Justo en ese momento, Yutum, el dios de la magia hizo algo jamás visto. Yutum también deseaba profundamente que la guerra acabara, y dado que estos billones de años siempre había un empate entre dioses y magos, Yutum decidió hacer a Ixivón otro Dios, que les ayudase a acabar con la guerra, como el mismo rey quería y deseaba con todo su corazón. El momento que Yutum le proclamó dios, nadie sabía que Ixivón llevaba consigo la espada mágica, lo que le hizo un dios de dioses, el dios y el mago a la vez, un hombre hecho eterno, un rey de reyes, una criatura que compartía la cabeza de un hombre, el poder de un dios y el arma de un mago.
Ixivón era más poderoso que todos los dioses y los magos juntos, pero su corazón era puro, asique derrotó a los magos y se los devolvió encadenados a sus padres, los dioses, los cuales rompieron el hechizo que les impedía vivir en el extremo este. A partir de ese momento, los magos serían siervos del palacio, con un único fin, decorarlo con su magia infinitamente, hasta que no tuvieran más magia que pudiera hacerlos poderosos. Fue de este modo como el palacio de Téteanor llegó a tener en sus paredes las obras de arte más bellas del universo, la música más bonita de todo el mundo, y el poder de todas las estrellas compactado en cada una de las conchas de oro.
Ixivón estaba feliz ahora, las guerras habían acabado y él era todopoderoso, aunque aún mortal, ya que su alma aún amaba a Morgana y a Dargelón. Pero al llegar a su palacio en la capital del reino, Ixivón se estremeció de sorpresa al verlo todo en llamas, y al ver los cadáveres despellejados de su mujer y su hijo colgando de las puertas de la ciudad. El rey, loco de ira y dolor, volvió a la esfinge, y con su espada mágica le cortó un brazo, un brazo de ese material que pesaba más que la Luna misma.
Ixivón entonces esperó en la puerta hasta el día de luna llena, el día en el que todos los dioses y todos los magos, los causantes de la muerte de Morgana y Dargelón, estarían en un mismo lugar todos juntos. Esa noche todas las estrellas brillaban más que nunca, ya que ninguna quería perderse aquel evento único en la historia del universo.
En el momento en el que la Luna se alzó en el cielo, Ixivón abrió las puertas del palacio, y según cuenta la leyenda, dio alrededor de un millón de estocadas al brazo ahora amputado de la esfinge. Cada estocada hacía que el brazo cambiase de color, dando a conocer más de un millón de colores, la mayoría sólo vistos por inmortales, pero jamás repitiendo uno solo.

Al final de la última estocada, Ixivón tiró la espada y el brazo al interior del palacio, menos uno de los inmensos dedos de la estatua. Este medía más que la más alta montaña jamás escalada, y lo utilizó para bloquear las puertas del palacio de Téteanor. Un segundo después, el palacio estalló en una explosión infinita, con todos los dioses y los magos dentro, una explosión que todavía no ha acabado. De vez en cuando uno de esos rayos de luz de la explosión se refracta por la esfinge de Téteanor, y según el color del ojo de la persona que lo ve, se produce una ilusión u otra. Mil generaciones después los hombres llaman a esta ilusión Aurora Boreal, y nos recuerda que una vez un hombre humilde venció a los injustos dioses que tanto atormentaron a los hombres, tantos llantos arrancaron a las mujeres, y tanta sangre derramaron a los jóvenes.


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